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Necesitamos una transformación cultural permanente para la cacería de la vida silvestre en la Península de Osa

Blog por Marco Hidalgo, coordinador del programa de resiliencia del ecosistema y alcance comunitario

La cacería de animales silvestres, en el caso de la Península de Osa, tiene claras características para ser considerada como un elemento cultural de las personas que la practican. Estas características se cumplen mayormente con quienes practican el monteo y con quienes cazan exclusivamente para consumir la carne. La gran mayoría de estos casos ya no se considera una práctica, sino una costumbre o tradición. Pero esta valoración de elemento cultural no es válido para otros tipos de cacería, por ejemplo, hay quienes cazan, venden la carne o quienes lo hacen como “deporte”, pues median otras razones, que nada tienen que ver con arraigo o costumbre, como es el uso de la carne para negocio o la utilización de la cacería como una manera de canalizar “gustos” como el uso de armas o el solo “placer” de matar animales indiscriminadamente.

Investigaciones en la Península de Osa dan una razón social para entender que la cacería de fauna silvestres es de autoconsumo y no de subsistencia, ya que no es la principal fuente de proteínas,  aunque los mamíferos, tepezcuintle (Cuniculus paca), chancho de monte o chancho cariblanco (Tayassu pecari) y saíno (Pecari Tajacu), son los más cazados.

Los perros son un componente importante para la actividadad de la caceria. Foto: Marco Hidalgo-Chaverri

El protagonista principal de la actividad de caza es el perro, que es criado y entrenado para ese propósito, con énfasis en perros identificados como “tepezcuintleros” o “saineros”. Hay una fuerte valoración y admiración por el “buen perro”. El objetivo principal es observar y escuchar al perro “rastreando al animal en el monte”, y hay una fascinación especial con respecto a la forma como este ladra en tanto está tras el rastro de la presa.

La cacería en Osa es una actividad que se debilita, posiblemente por la generación actividades económicas alternas como es el caso del turismo rural comunitario, y donde la experiencia de conocer nuestros bosques es valorado, y la vida silvestre paso hacer un atractivo del producto que se ofrece, además de haber encontrado un mundo laboral, donde la gente que caza ha encontrado otras oportunidades. Otra posible explicación, es la participación activa de miembros de las comunidades en grupo de monitoreo biológico comunitario, que han dado respuesta al interés de sus pobladores por entender y proteger la naturaleza que heredaron.

El cazador con su perro dentro de una madriguera de Tepezcuintle. Foto: Marco Hidalgo-Chaverri

La cacería como elemento cultural ha resistido el tiempo, sin importar las vicisitudes, ahora es el peor de los escenarios en un contexto de desarrollo que quiere cambiar por el bien de todos, donde la cacería ya no se justifica, por eso Conservación Osa asumió el reto a través del Proyecto de “Prevención del colapso de los ecosistemas: una alianza de vigilancia basada en la ciencia ciudadana” con el financiamiento del International Conservation Fund of Canada, de realizar un esfuerzo integral de acciones de manejo de vida silvestre y restauración de los ecosistemas en buscar con los grupos organizados locales la reducción del impacto sobre la fauna.

Intern Osa Conservation
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